“y así acabará el mundo, creo, víctima del amor y no del odio. Porque el amor siempre ha sido el arma más destructiva, sin duda”
– Stephen King
Evitar morir de inanición y observar día con día a ese ser que me quita (dicha) alegría y me llena de (¿amor?) regocijo (decimos gracias) son dos razones para ejecutar el ritual contemporáneo que conlleva levantarse antes que salga el Sol.
Carmesí es su color, como el villano de un viejo cuento con tintes metarealistas (¿o era metaficción?), como ese álbum de aquel artista de tierras áridas, o como la infiltrada en el departamento menos deseado de cierto buró…
Nunca tiene reparo en aquello que expresa, aunque en ocasiones lo que parlotea puede no ser resultado de sedimentar sus ideas para darles una forma discernible, pero a pesar de esto su razonamiento suele tener cierto aire de pureza (?), tal vez lo mejor sería decir <autenticidad>, jamás he escuchado que diga algo de lo que se arrepiente a posteriori.
En mi cabeza y desde lo más profundo de mi ser no deseo que pase algo de lo que pueda sentirme –no convencido-, por ende lo más probable (posible, factible) es que de ninguna manera logre conocer o sospechar (intuir, descifrar) la manera en que esto que escribo me consume y me llena de vida en todas partes al mismo tiempo; si eso llegase a pasar claro que lo más sencillo sería simplemente negar todo y ofrecer una explicación infructuosa sobre cómo todo es un malentendido, pero como es sabido la verdad sale a la luz y aquello de repartir mentiras no es algo que tenga refinado, por lo que solo queda esperar a que lo descubra (o instar a ello) para maniobrar con mi propio pesar y dicha.

